La Crisis del Parto


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Las mujeres en el parto son tratadas como productos en la cinta transportadora de una fábrica. La tecnocracia distorsiona la experiencia del parto. Sus partos son «dirigidos» obstétricamente, y sienten que no son asistidas como seres humanos sino como «carne encima de una mesa», «un pavo atado para asar» o «pescado sobre una encimera». Sufren una violencia institucionalizada. Esto tiene consecuencias de largo alcance.


Sheila Kitzinger



Índice

Agradecimientos
Capítulo 1    El shock del parto
Capítulo 2    Contrastes entre partos
Capítulo 3    El poder institucional en la cultura del parto tecnológico. Visión antropológica del    parto
Capítulo 4    El manejo de la máquina reproductora
Capítulo 5    Abuso sexual y parto
Capítulo 6    Flashbacks, ataques de pánico y pesadillas
Capítulo 7    El dolor
Capítulo 8    Otras maneras de afrontar el dolor
Capítulo 9    Si no hubiera hecho...
Capítulo 10  El bebé
Capítulo 11  La pareja
Capítulo 12  Seguir adelante
Capítulo 13  Otra vez embarazada
Recursos útiles

Capítulo 1 El shock del parto

YO TENÍA GANAS DE PARIR, y aunque sentía una especie de miedo antes del primer parto, nunca me sentí realmente ansiosa. Disfrutaba pariendo. Pero en aquel entonces, todos mis bebés nacieron en casa y tuve la atención personalizada de una matrona.


Para muchas mujeres no es así. Las investigaciones muestran que a una de cada veinte nuevas madres se le diagnostica estrés postraumático después del parto. Muchas otras lo sufren pero sienten que los médicos no serán capaces de ayudarlas, así que, o no se lo cuentan a su médico de familia o buscan la ayuda de otro médico pero nunca consiguen un diagnóstico, o erróneamente se les diagnostica depresión. Inmediatamente después del parto se quedan en shock, aliviadas de que su suplicio haya terminado. Pueden incluso estar eufóricas y darle las gracias al obstetra que, según les han contado, ha salvado a su bebé de un desastre. Pero después de unas pocas semanas, a esto le sigue la confusión interna, con flashbacks, pesadillas y ataques de pánico. 


Muchas mujeres evitan quedarse embarazadas otra vez porque no pueden hacer frente al hecho de pasar nuevamente por el mismo suplicio. El pánico se calma con el tiempo y piensan que han aceptado la experiencia. Empiezan otro embarazo y, después de unos pocos meses, todo vuelve de repente y se encuentran en estado de terror. 


El próximo parto puede estar a tan solo unas semanas. ¿Por qué el parto es traumático? No es solo una cuestión de dolor físico. Las mujeres están traumatizadas porque son tratadas como máquinas que están en un constante riesgo de romperse. Están traumatizadas porque sienten que son succionadas por un sistema médico que les priva de cualquier control sobre lo que les está sucediendo.


En los países industrializados del norte, y cada vez más en todo el mundo, nuestra cultura del parto está fuertemente medicalizada. En la televisión, el parto es presentado como un acontecimiento médico que solo se encuentra a salvo en manos de los médicos, y si las mujeres obedecen a los médicos, todo sale bien. Aquellas que hacen preguntas u optan por un parto en casa se ponen a sí mismas en riesgo de tener una urgencia médica.


También tenemos que tratar con la imagen estereotipada y romántica de la nueva maternidad. Pensemos en las fotografías de mujeres radiantes, sentimentaloides, acunando a sus hermosos (y normalmente dormidos) bebés. ¿Cuántas de nosotras nos sentimos realmente así? E incluso si hay momentos maravillosos, ¿qué pasa con los que no lo son tanto? Una mujer que está angustiada suele pensar que debe mantenerlo como un oscuro secreto. Nadie quiere oír hablar de sus sentimientos de pánico y de fracaso. Cree que ella es distinta de todas las demás madres. Ellas están copiando. Ella, no. Mira las fotografías de estrellas del pop y celebridades que recuperan su físico volando y relucen con éxito semanas después de una cesárea electiva. ¿Por qué no puede ser como ellas? ¿Qué tiene ella de malo?


Si va a su médico, probablemente le dirá que está deprimida y le recetará antidepresivos. Alguien que está deprimido se levanta por las mañanas sintiéndose incapaz de afrontar el día. Hay un terrible aletargamiento. Esta mujer todavía está tensa y ansiosa, constantemente en «alerta roja». Está sufriendo un estrés postraumático.


En la Primera Guerra Mundial, el diagnóstico era «neurosis de guerra». Los veteranos de la Guerra del Vietnam fueron los primeros diagnosticados en tener síndrome de estrés postraumático después de haberse encontrado en situaciones en las que estaban atrapados y sin ayuda. No tenían daños físicos, pero estaban dañados emocionalmente. Los soldados de ambos bandos del conflicto pasaron por esto, como lo han hecho muchos otros en las guerras desde entonces. Puede ser lo mismo para las mujeres después del parto. Es una reacción normal a la asistencia insensible cuando una mujer no tiene elecciones ni medios para escapar.


En las revistas profesionales —psiquiátricas, médicas, obstétricas—, la angustia después del parto es tratada como una enfermedad que golpea a las mujeres que son especialmente vulnerables por causa de un estado mental preexistente. Su infelicidad tiene etiquetas psiquiátricas pegadas, y su sufrimiento está enmarcado médicamente e individualizado como una enfermedad a ser tratada sin ninguna referencia al contexto social en el que tiene lugar. Un psiquiatra ha señalado:

Cualquier diagnóstico psiquiátrico es principalmente un modo de mirar, un estilo de razonar y (en las demandas de compensación y otras reclamaciones) un medio de persuasión… La medicalización de la vida… tiende a significar que la angustia es trasladada del ámbito social al ámbito clínico.

Cuando esto sucede, la manera en que las mujeres son tratadas en el parto, el fracaso de los servicios de maternidad en proporcionar asistencia humana, pueden ser ignorados.


He oído de tantas mujeres pasando por un trauma emocional después del parto que he fundado y dirijo una Red de Crisis del Parto, una línea de teléfono para las mujeres que necesitan hablar de su miedo al parto y de sus experiencias de parto infeliz. He aprendido que lo importante es escuchar, más que dar consejos. Esto les permite encontrar gradualmente la fuerza que hay en ellas mismas para resolver el trauma. Puede que digan: «Eres la primera persona a la que se lo he contado».


Como hemos visto, un médico de familia puede descartar su angustia por considerarla tan común que debe ser normal:

Mi médico de cabecera dijo: «Lo que estás describiendo es bastante normal. Estate agradecida de que tu bebé esté bien. No te preocupes por eso, bonita». Así que pedí ver al especialista y me quejé de mi tratamiento. Él fue muy condescendiente y solo se puso en contacto con mi médico, el cual me dijo que tenía una depresión posparto y me mandó a una psicóloga. Cuando ella escuchó la historia dijo: «Estás enfadada justificadamente». Le pedí a mi médico una segunda opinión. Él dijo: «¿Qué quieres conseguir con esto? ¡No seas tonta!». Me siento como si me hubieran quitado mi parto normal, y todos hubieran estado escondiéndome cosas y engañándome.


Las mujeres dicen a menudo que han intentado hablar con sus parejas, su familia y sus amigos, los cuales han desconectado porque se han sentido incapaces de ayudar y están cansados de escuchar la historia: «No estarás otra vez con eso, ¿eh?», «Da las gracias por haber tenido un bebé sano», «Esperabas demasiado», «No eras realista acerca del parto», «¡Pasa página! ¡Sigue con tu vida!». Pero ellas no pueden. Los acontecimientos del parto dan vueltas una y otra vez en sus cabezas como un vídeo que no se puede apagar.


El pánico las abruma cuando ven por casualidad a una mujer embarazada, cuando ponen un programa de televisión en el que hay un parto o cuando pasan conduciendo al lado del hospital. Se encierran en sí mismas, sintiéndose estigmatizadas, convertidas en náufragas por causa de su experiencia. Una mujer cuyo hijo tiene ahora dos años dijo: «Todo el mundo piensa que debería haberlo superado ya. Me pregunto a mí misma: ‘¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo arreglármelas como las otras mujeres?’». Tienen ataques de pánico repentinos y esto, junto con un intenso sentimiento de soledad, puede hacerles sentir que se están volviendo locas.


¿Cómo se convierte el parto en un suplicio?

Las mujeres en el parto son tratadas como productos en la cinta transportadora de una fábrica. La tecnocracia distorsiona la experiencia del parto. Sus partos son «dirigidos» obstétricamente, y sienten que no son asistidas como seres humanos sino como «carne encima de una mesa», «un pavo atado para asar» o «pescado sobre una encimera». Sufren una violencia institucionalizada. Esto tiene consecuencias de largo alcance. Es probable que afecte a la manera en que una mujer se siente, no solo consigo misma, sino también con su bebé y su pareja. Puede tener efectos catastróficos en las relaciones.


Una mujer dio a luz en un hospital en el que se le exigió que se tumbase boca arriba durante toda la dilatación, tuvo que dar a luz con sus piernas sobre estribos y tuvo una gran episiotomía malamente suturada. Necesitó cirugía para reparar su periné, y todavía le duele meses después. Se le está aconsejando que opte por una cesárea en el próximo parto. Pero ella dice:

Nunca más voy a tener hijos. No voy a exponerme a mí misma a eso otra vez… Recuerdo exactamente lo que me hicieron y dijeron, y quién lo hizo. Tengo la constante tortura de revivir esta experiencia diariamente, sobre todo por la noche… El vídeo está siempre funcionando dentro de mi cabeza.

Y siguió: «Esta experiencia me ha traumatizado tanto que ni siquiera he hablado de ella en seis meses. Sabía que estaba totalmente fuera de mí al haber reprimido las cosas o haber negado que algo estaba muy mal».


Esta imagen se repite una y otra vez en los relatos de las mujeres. La profesora Cheryl Beck lo cita como un tema de gran importancia en el síndrome de estrés postraumático, y cita a una mujer que dijo:

Yo vivía en dos mundos: el vídeo del parto y el mundo «real». El vídeo parecía más real. Vivía dentro de una burbuja, sin conectar absolutamente con nadie. Podía oír y comunicarme, pero experimentaba la interacción con los demás como un espectador. El «vídeo» estuvo funcionando constantemente durante cuatro meses.


Otra mujer tuvo una dilatación en la que dijo: «Yo era solamente un caso para ellos. No me hablaban a mí, solo sobre mí». Su parto terminó en una cesárea. Después me contó:

Mi bebé estaba a mi lado pero yo no quería tocarlo ni mirarlo. Estaba lamentando la pérdida de un niño que nunca pasó a través de mí. Yo era incapaz de dar a luz. Me lo arrancaron. Ocho horas después de la operación, la enfermera vino y me preguntó si había tocado a mi hijo, y yo le dije que no. Ella estaba preocupada de que aún no hubiera mamado y lo puso inmediatamente sobre mi pecho, lo cual me trastornó un poco. Perecía que estaba conociendo por primera vez a un hombre, y que incluso cuando no te gusta te hace besarlo en los labios.


En el Reino Unido, alrededor de un tercio de las mujeres tienen un expulsivo dirigido, y la mayor parte de ellas con anestesia epidural. Puede que no sepan por qué les ha pasado esto y se sientan como si hubieran fracasado por no lograr un parto normal4. Casi una mujer de cada cuatro tiene una cesárea. La proporción de inducciones es del 21%, y el 11% de los partos son instrumentales. Estas altas proporciones de intervención obstétrica a menudo hacen que las mujeres se sientan indefensas e imposibilitadas. Pero no quiere decir automáticamente que una mujer que tenga una intervención vaya a estar angustiada después del parto. La calidad de las relaciones con sus asistentes es lo que más importa. Cuando esta es pobre, incluso una dilatación aparentemente sencilla y un parto vaginal normal, pueden ser traumáticos. Una mujer dijo: 

"Nadie me cree. Mi médico de familia cree que soy una neurótica". Dice: «Eso es lo que pasa cuando tienes un bebé. Millones de mujeres en todo el mundo tienen bebés». Y yo sé que lo que quiere decir es: «Y no montes un escándalo por esto». Algunas veces siento que debo estar volviéndome loca.

Este libro explora la forma en la que se dirige el parto en el siglo veintiuno, y el efecto que esto tiene sobre las mujeres, las parejas y las familias. Examino cómo necesita ser modificada la asistencia, sugiero maneras en las que se puede prevenir el estrés postraumático después del parto y, cuando aparece, cómo puede curarse.



© Editorial Olinyoli México,  2018