El Dolor del Parto



«si las mujeres fueran conscientes de la inmensa fuerza que habita en ellas, no sólo cambiarían el escenario del nacimiento, sino la sociedad entera» 

Verena Schmid

Diseño cubierta: Marilena Oprean

Ilustraciones interior: Ermengol


ÍNDICE

 Prólogo

Introducción: Una nueva interpretación del significado del dolor para la mujer actual

 Capítulo 1: Factores culturales del dolor del parto

 Capítulo 2: Fisiología global y funciones del dolor del parto

 Capítulo 3: Analgesia farmacológica

 Capítulo 4: Analgesia fisiológica

 Capítulo 5: La pareja y el dolor del parto

 Capítulo 6: El acercamiento al dolor en los grupos de preparación al nacimiento

 Capítulo 7: Herramientas básicas de alivio del dolor

 Capítulo 8: La apertura hacia el bebé

 

Prólogo

La intención del presente estudio no es la de demonizar la analgesia farmacológica ni la de exaltar el dolor, sino la de llenar un vacío representado por una alternativa posible al parto con medicación y antifisiológico mediante analgesia natural y una información exhaustiva que brinde la posibilidad de elegir, sopesando en la balanza de los valores y de las necesidades personales los pros y contras de cada opción.

La definición del parto como acontecimiento psicosexual y los aspectos sexuales del parto estimulados por el dolor proponen una reconciliación entre maternidad y sexualidad que podría curar muchas antiguas heridas de las mujeres.

Leer que el parto «es un viaje interior e iniciático y que la apertura al niño durante el embarazo puede ser el recurso endógeno más importante y eficaz de la mujer para reducir y transformar el dolor del parto» es maravilloso. Es magistral su descripción de la psicología del parto y de cómo, cuando la mujer llega a ese punto de aceptación del dolor, de abandono, de dejarse ir, son tristemente muchos los profesionales que interpretan erróneamente las señales y piensan que ese «no puedo más» tiene que ser respondido con intervenciones o cirugía.

Como Psiquiatra Perinatal, quiero añadir que sus reflexiones resultan especialmente válidas para los profesionales de la obstetricia y la matronería. Llevo años escuchando el dolor y la inquietud de muchos profesionales que atienden partos y que a menudo se sienten solos y abandonados con sus miedos y las emociones tan intensas que el parto moviliza. Entender cómo los propios miedos pueden afectar a la parturienta y tener estrategias de afrontamiento propias debería ser asignatura obligada para todos aquellos que atienden partos. En este área, Verena Schmid es una maestra, y confío en que su texto sea leído por matronas y obstetras.

Verena Schmid plantea la preparación al parto como una educación a la libertad, al grado de libertad que cada mujer desee tener. Ojala sea así ya que, como ella dice, «si las mujeres fueran conscientes de la inmensa fuerza que habita en ellas, no sólo cambiarían el escenario del nacimiento, sino la sociedad entera». 

Ibone Olza


Capítulo 1
Interpretaciones culturales
El dolor es, sin duda, el aspecto más relevante del parto, por el que las mujeres, a lo largo de siglos y milenios, hasta hoy en día, se han sentido atraídas y fascinadas, por un lado, y por otra parte, asustadas y hasta incluso atemorizadas. Este aspecto queda grabado en sus mentes hasta el final de sus vidas, y de eso depende la calidad de la experiencia de su «dar a luz». En las distintas culturas, la interpretación, y, por tanto, la transmisión de un valor asignado al fenómeno, varía muchísimo. Sin embargo, el dolor del parto nunca se trata de forma aislada, sino que se considera íntimamente relacionado con la filosofía de la vida dominante en la sociedad, con la consideración y el tratamiento que la sociedad reserva al malestar en general.

Asimismo, embarazo y parto son acontecimientos sociales a menudo temidos, considerados «contaminantes», tanto por su fuerza como por la vulnerabilidad de sus protagonistas —madre y bebé—, vulnerables al mal y fuente del mal, como encarnación de la culpa (Rich), con valores asignados de lo más diverso, como: peligro para las cosechas y para los hombres, capaces de invocar espíritus malignos o el mal augurio, fuente de incomodidad, fuente de poderes curativos, pruebas de fuerza sexual, etc. Margaret Mead habla del parto en las distintas culturas como suceso a veces doloroso y peligroso, otras veces interesante y enriquecedor, a veces independiente o también dependiente de un poder sobrenatural. Las expresiones y manifestaciones externas del dolor se toleran en algunas culturas, se fomentan en otras, son imitadas por el hombre en algunas y finalmente son inaceptables para otras culturas.Se reflejan las modalidades habituales de las distintas expresiones toleradas en la sociedad. Aún así, las investigaciones antropológicas relativas al nacimiento son escasas, puesto que a los hombres investigadores se les ha mantenido al margen del escenario del parto; sólo se sabe algo sobre partos complicados, y poco sobre los normales.

Obviamente, un grupo social que vive en estrecho contacto con la naturaleza y acepta el componente inevitable y cíclico del sufrimiento en la vida, tiene una mejor comprensión y aceptación del dolor en el parto o del malestar en general. Viviendo en simbiosis con el ciclo y el ritmo de la naturaleza, ha podido experimentar y valorar el hecho de que ninguna condición es fija o permanece inalterable, ni el sufrimiento ni la felicidad, sino que se alternan de forma continuada, y la una condiciona la existencia de la otra. Las mujeres en general, y las gestantes en particular, saben, por tanto, convivir con estos ciclos y los aceptan, mientras que los hombres a veces buscan el dolor intencionadamente para potenciar su poder personal en los momentos de crecimiento o frente a nuevas tareas e importantes responsabilidades a asumir.

Mientras en la naturaleza biológica de las mujeres cada ciclo de cambio, las etapas de crecimiento y empoderamiento van acompañadas de un malestar tanto físico como químico —menarquía, desfloración, parto, a veces lactancia, climaterio—; el hombre, exento de estos trámites naturales, ha creado varios rituales de iniciación —en la pubertad, para el matrimonio, para la paternidad, antes de las guerras, de la caza u otras hazañas importantes— en los que se expone voluntariamente al dolor y al sufrimiento físico y psíquico, a veces incluso autolesionándose. Su motivación reside en el ser consciente de las funciones de potenciación del poder personal en el afrontamiento y superación del dolor físico y psíquico.

En las hazañas heroicas masculinas, en las guerras, en las conquistas, en las aventuras, en la exploración del mundo, el dolor, y la confrontación con la muerte, están implícitos y aceptados. El hombre se prepara antes de un acto heroico: se hace con las herramientas necesarias y se pone a prueba con el fin de salir ganador y triunfante, más fuerte y sabio que antes; no piensa en el dolor o en la posibilidad de fracaso, sino que se concentra en el objetivo a conseguir.

A menudo, el parto se conoce también como «la guerra de las mujeres», y armadas como guerreras, con la meta en la mente, se enfrentan al proceso de dar a luz. En estas sociedades, la mujer se siente capaz de afrontar la prueba, y se espera que salga de ella más fuerte y sabia que antes. El parto es una hazaña personal en la que a menudo la mujer se aparta para superar la prueba con sus herramientas personales. En algunas sociedades, el parto se interpreta y se vive como una experiencia trascendental y de éxtasis, donde la capacidad de abandono, de trascendencia del ego, de transformar la prueba en alegría se expresa en un ritual colectivo, a menudo femenino.

Una sociedad como la nuestra, en cambio, que niega a la mujer la experiencia del dolor del parto, de la responsabilidad de dar el pecho, de las molestias de la menopausia, de los malestares emocionales, ¿es una sociedad que quiere una mujer débil? ¿Es una sociedad donde los hombres también son más débiles, ya que no aceptan ni buscan «las pruebas»? ¿Es una sociedad donde la alegría muere?

Las sociedades industrializadas proponen un ritmo de vida acompasado, destinado a la producción, donde no hay sitio para los aspectos irracionales de la vida, para los momentos personales, para un ritmo armónico con los ciclos de la naturaleza, donde el tiempo tiene un valor económico y, por tanto, un propósito determinado. Todos los procesos se vuelven más lineales, se aspira a una condición de vida lineal, plana y, por tanto, única: es la condición del bienestar continuo, sin alternancia. Ya no hay sitio ni comprensión para el dolor, el único sacrificio que se acepta es el sacrificio de tipo económico y con fines económicos. La posibilidad de la muerte asusta y se exorciza con falsas promesas de certezas irreales. De esta forma, el dolor también se vuelve lineal y, por consiguiente, se sale del ciclo de la alternancia, transformándose en crónico. Se pierde la posibilidad de comprender el malestar, su polaridad en el ritmo de la alternancia de la vida, además de perderse la capacidad de expresarlo y vivirlo. Negando la muerte, se pierde la profundidad de la vida y su intensa vitalidad. Prevalece el modelo tecnológico y lineal del parto.

El dolor como castigo y condena eterna
En nuestra sociedad occidental, la huella de la condena bíblica parece indeleble, y hoy en día aún se menciona en las disertaciones relativas a la analgesia, y se alimenta y apoya la victimización social de las mujeres como madres. Las pone en la inevitable dicotomía: o mujer madre o mujer trabajadora, o madre o creatividad, o madre o libertad, o madre o amante, o sacra o profana, etc.

La mujer actual rechaza claramente esta condena, vivir el nacimiento de un/a hijo/a como castigo por el pecado, entendido como pecado sexual, ya no se comparte. Ella busca de alguna manera la forma de liberarse de una condición femenina histórica de sufrimiento pasivo, que ya percibe como superada. Nace la petición de liberación, expresada a menudo como petición de un «parto sin dolor» mediante la analgesia epidural, y ya no está dispuesta a padecer pasivamente condicionamientos del pasado. Sin embargo, esta «solución» mantiene viva la separación entre maternidad y sexualidad, además de la pasividad frente a un evento creativo, y, por lo tanto, permanece intacto el antiguo condicionamiento.

Una lectura distinta de la historia de Eva podría quizás ayudar a eliminar los condicionamientos y positivizar la experiencia del parto. En la interpretación evolutiva de la historia de la Creación, el Paraíso representa el mundo espiritual, neutro, donde hay unión y reinan la armonía y la paz, pero donde no existe la posibilidad de pasar por la experiencia evolutiva de la dualidad y la toma de conciencia. La serpiente representa el intelecto, que ofrece a Eva, bajo la forma de una manzana, el saber, la conciencia. La expulsión del Paraíso representa la encarnación del mundo físico, la entrada en la dualidad, donde el mundo espiritual permanece escondido, y la experiencia humana, la conciencia y la evolución acontecen a través de los contrastes y de lo cíclico: para el hombre, principalmente a través del trabajo, de la actuación en el mundo físico y del fomento de la vida material, mientras que para la mujer a través del parto doloroso como medio de concienciación, trascendencia y evolución, profundizando en la dualidad y el crecimiento.

El dolor como don para mujeres y bebés
No se trata entonces de una condena, sino de un don, de un privilegio, de una oportunidad. Ésta es también la interpretación de un grupo de indios nativos americanos, pero con un origen distinto. Llaman a los dolores «dones» para la mujer, ya que cada contracción uterina la ayuda a dar la vida y la lleva un poco más cerca del cumplimiento de su máximo anhelo: su bebé. Así mismo, los definen «dones» para el bebé, ya que les enseñan el ritmo de la vida y lo preparan para su existencia en el mundo. Para los pueblos nativos, el dolor del parto puede transformarse en alegría precisamente a través de la creciente concienciación. Una mujer experimentada en las prácticas espirituales relacionadas con el abandono del ego, con la entrada en estados alterados de conciencia, con la unión con el universo, podrá entregarse al parto, dejándose llevar por las contracciones sin oponer ningún tipo de resistencia y, así, sin sentir dolor, hacia el nacimiento de su hijo/a y podrá acogerlo en un estado de éxtasis (Jeannine Parvati Baker).

Los rituales o las ceremonias prenatales y de acompañamiento al parto, aptos para favorecer la apertura hacia el bebé, ayudan en este proceso. Entre ellos, encontramos el canto, la flauta, el sonido de determinados instrumentos rítmicos que favorecen el estado hipnótico, la lectura de poesía, la estimulación de los sentidos mediante olores, imágenes, sonidos: todos elementos que favorecen la apertura y la actividad del hemisferio derecho del cerebro, es decir, la parte que gobierna el parto y en la que nace nuestra creatividad.

Estilos de vida y comprensión del dolor
- La falsa promesa del parto sin dolor.

Si hablamos de parto espontáneo o de planificación del nacimiento, no se puede prescindir de considerar el estilo de vida que se refleja en la forma de dar a luz, así como la planificación del nacimiento refleja los valores generales de la sociedad. La persona que tiene un estilo de vida lineal y pertenece a una sociedad tecnológica, elegirá el parto lineal con un componente industrial o tecnológico, mientras que quien se siente más próximo a la naturaleza, escogerá un parto natural e intentará seguir el flujo de los acontecimientos; finalmente, quien busca un estilo de vida con una mayor calidad y acepta la alternancia y lo cíclico, elegirá un parto más consciente.

Sin embargo, si consideramos que la experiencia del nacimiento es un acontecimiento «cumbre» en la vida de las personas y tiene, por tanto, una importancia enorme para la vida futura, y si consideramos que está repleto de condicionamientos que perduran durante siglos, y si además tenemos en cuenta que la oportunidad de repetir la experiencia es extremadamente reducida a causa del limitado número de hijos, y considerando, además, que el que nace es una nueva persona con una vida entera por delante en la que el comienzo marca la huella fundamental y no tiene otras oportunidades, quizás merezca la pena ir un poco más allá de la espontaneidad y proponer algunos instantes de reflexión antes del momento del parto.

El estilo de vida lineal excluye siempre la incomodidad y el malestar, reservando sorpresas cada vez que el ritmo de la vida impone su alternancia. La mujer no se encuentra preparada frente a estas irrupciones vitales dentro de la linealidad programada o frente a la experiencia real. Experimenta una escisión entre su modelo interior del nacimiento y el modelo social propuesto, llegando a sufrir por un sentimiento de insatisfacción e inadecuación en su ser mujer y madre. Está confundida, desorientada y pide la ayuda de los expertos.

Consideramos el ejemplo del parto tecnológico con analgesia epidural. La promesa es la de un parto sin dolor que, en la experiencia real, se verá traicionada, puesto que la anestesia epidural no sólo no siempre está disponible para las mujeres durante el proceso de dar a luz, sino que además nunca se puede administrar antes de que el trabajo activo se haya consolidado, es decir, que la mujer tiene que enfrentarse a la primera etapa con dolor. No se encuentra, por tanto, preparada, y lo rechaza, sufriendo aún más. Además, después del nacimiento no experimenta la intensa gratificación provocada por las endorfinas que se siente tras un parto natural. La falta de gratificación reduce o elimina las ganas de repetir la experiencia y tener otros hijos.

Brigitte Jourdan demuestra en su interesante investigación «Nacimiento en cuatro culturas» que la mujer que más sufre durante el parto es aquélla a la que se le ha prometido la analgesia epidural que erróneamente se llama «parto sin dolor»; no se encuentra preparada y está sin motivación para enfrentarse al dolor inicial del parto, que a menudo es también el más fuerte, ya que todavía no presenta los mecanismos de compensación típicos del trabajo activo. Mientras, las mujeres que menos sufren son las que tienen más motivación, están preparadas para el dolor y lo aceptan, sobre todo cuando el dolor es aceptado y compartido también por la sociedad. De hecho, el sufrimiento aumenta considerablemente ante el intento de reprimirlo, y disminuye cuando se acepta sin oponer resistencia.

De manera análoga, el delegar el parto en los expertos, considerados como una garantía de seguridad, a menudo produce patologías y riesgos que nacen de la intervención ajena y de la actitud pasiva de la mujer, con el consiguiente sufrimiento que va más allá del propio parto. Los riesgos y el sufrimiento, en vez de disminuir, aumentan cuantitativamente. En la sociedad del bienestar, de hecho, las mujeres sufren más.

En la realidad de la vida no existen atajos hacia la maternidad. Las dinámicas reprimidas o sustituidas durante el parto se reactivan en el período posterior, y la recuperación sin la mediación y facilitación de los canales biológicos es extremadamente más incómoda y lenta.

En nuestra sociedad, exenta de rituales conscientes donde el parto se ha quedado quizás en el último lugar, puede ser importante recuperar rituales positivos en el momento de la espera de un/a hijo/a para dar fuerza a las madres y prepararlas para un acontecimiento quizás lejano a nuestro estilo de vida pero aún presente en lo recóndito de cada mujer. Debemos volver a aprender el ritmo, la motivación profunda, el discurrir y fluir en sintonía con los sentidos e incluso la atención al bebé que llevamos dentro, ya que pueden ser una valiosísima ayuda. Este aprendizaje no nos será útil sólo para el nacimiento, sino también para vivir con los niños y niñas.

- El miedo al dolor, el miedo como medio de dominación.

El miedo existe. En parte nace de la incógnita, en parte de experiencias e historias negativas, en parte de condicionamientos sociales. Incluye el miedo a perder el control de uno mismo, el miedo a las propias emociones, el miedo a descubrirse, el miedo a la inadecuación y debilidad, el miedo a morir y a perderse. Muchos miedos son ontogénicos, y, por lo tanto, específicos según la pertenencia social, otros provienen del ámbito de la filogenia, inherentes al acto de parir y de nacer y comunes a todas las mujeres. El miedo es una reacción fisiológica a una amenaza, incrementa la atención y la capacidad de reacción, es la respuesta emocional a la tensión del dolor del parto.

Existen varios modos de reaccionar frente al miedo: se puede reprimir, y entonces se transforma en ansiedad o en enfermedades físicas; se puede padecer de forma pasiva, y entonces se transforma en aflicción; se puede expresar, y es cuando se vuelve contagioso para los demás, aunque previene daños internos; se puede afrontar, identificándolo, y entonces es cuando desaparece.

En las personas cercanas a la mujer embarazada, en las personas que la asisten, se dan dinámicas similares: se puede rehusar el miedo y controlarlo a través de instrumentos técnicos, se puede contagiar, y la reacción consiste a menudo en la necesidad de hacer uso del poder personal para dominar a la mujer, o puede afrontarse el miedo junto con la mujer y recurrir a los instrumentos adecuados para hacerlo desaparecer.

Simone Weil describe bien la diferencia entre sufrimiento y aflicción: «El sufrimiento caracterizado por el dolor lleva a una maduración e iluminación, mientras que la tristeza es la condición típica del que está oprimido, del esclavo, de la víctima de un campo de concentración, forzado a transportar pesadas piedras de un lugar a otro sin ningún objetivo claro».

Coloca en el mismo plano aflicción e impotencia, espera, parcialidad, inercia. Afirma que no hay que buscar el dolor, pero cuando es inevitable, se puede transformar «en algo útil, en algo que nos lleve más allá de los límites de la experiencia y que nos dé un mayor conocimiento de la esencia de la vida y de nuestras posibilidades». Rechaza el concepto según el cual el ser humano debe aceptar aflicciones inútiles.

En varias civilizaciones, el miedo de las mujeres ha sido utilizado y alimentado para instaurar el dominio de los poderosos: curanderos, médicos, religiosos u otros personajes, quienes mantienen a las mujeres en el miedo, inhibiendo su reacción. Ellas eran, y en parte siguen siendo hoy en día, manipulables y controlables para los fines más diversos, desde los económicos a los sociales, a los rituales y/o religiosos y a los personales.

- La aceptación del dolor como medio de liberación.

La aceptación activa del dolor es un trabajo, una investigación, un aprendizaje, requiere atención, tiempo e instrumentos adecuados. Tiene sentido sólo mientras existan las condiciones que respetan las dinámicas fisiológicas del dolor durante el parto. Raros son los casos en los que la aceptación está aún presente de forma espontánea, por lo general, cuando la mujer ha nacido ella misma con un parto tranquilo y conserva un recuerdo positivo a través de su madre.

Suzanne Arms afirma en «Inmaculada decepción»: «... después de siglos de miedo, de preparación al dolor, de obediencia a la supremacía masculina, la madre no puede afrontar el parto como una mujer nueva después de unos cursos sobre parto natural o una dosis masiva de feminismo».

En el momento del parto, sólo podemos llevar lo que nosotras representamos hoy como mujeres, es decir, una mezcla de lo antiguo y de lo nuevo.La aceptación del dolor del parto como herramienta para una experiencia consciente se acompaña de la voluntad de la mujer para ser protagonista de su experiencia y libre en su expresión. Estas exigencias se funden en el término «parto activo». El parto activo es expresión de libertad, poder y centralidad de la mujer, su pareja y su bebé. Es precisamente el trabajo sobre la aceptación del dolor lo que potencia estas actitudes un poco encubiertas en la mujer actual.

- La no-elección entre «parto alienado» y «analgesia tecnológica»

La analgesia tecnológica se propone hoy en día como posibilidad de elección para el parto fisiológico y como ventaja frente a un parto con dolor. En Inglaterra, EE.UU., Alemania y Francia se ha difundido ampliamente, mientras que en Holanda, donde existe una cultura más natural hacia el parto con respecto a los demás países europeos, tiene escasa demanda; en Italia se está difundiendo ahora en algunos centros de manera todavía no homogénea.


La analgesia farmacológica confirma a la mujer que su cuerpo es una máquina, que funciona mejor con el soporte tecnológico. Esta afirmación está basada en la separación entre cuerpo y mente. Se transforma así en un ritual que refuerza el proceso de expropiación de la reproducción. En nuestra sociedad, la sensibilidad hacia nuestro cuerpo, la unión de los procesos corporales y las prácticas emocionales, la experiencia de transformación ya no pueden ser puntos de referencia y modos de acercamiento, ya que reclaman nuestra dependencia de la naturaleza, nuestra vulnerabilidad, nuestra desnudez frente a los procesos esenciales de la vida. La tecnología pretende controlar la naturaleza, ponerla a su servicio y esconder nuestra debilidad originaria. La tecnología intenta, por tanto, eliminar el dolor.


La alternativa obligada a la analgesia epidural es casi siempre un parto alienado, con dolor atroz debido a la inmovilidad, a las posturas anti-fisiológicas, a las intervenciones médicas y/o instrumentales, a la soledad, al sentimiento de abandono, al miedo, al sentirse presas, impotentes y sin personalidad, a la falta de ayuda y apoyo, a la idea del castigo, a las condiciones infrahumanas de la asistencia (afortunadamente, los hospitales que podemos denominar «humanizados» aumentan, pero aún son pocos); en definitiva, un dolor efectivamente no justificable con las características de la aflicción. En estas condiciones, la fuerte demanda de analgesia es más que comprensible y justificable, pero en realidad no se trata de una elección, sino de una trampa.


«Las opciones actuales de analgesia están creando un nuevo tipo de prisión para las mujeres, la prisión de la no-conciencia, de las sensaciones aturdidas, de la amnesia, de la pasividad total (...). Pero la huida del dolor físico o psíquico es un mecanismo peligroso que puede hacernos perder el contacto no sólo con las sensaciones dolorosas ¡sino con nosotras mismas!». Adrienne Rich.


No existe una posibilidad real de elección, no se propone como alternativa posible la analgesia natural, la ayuda profesional durante el parto ni tampoco existen estudios que comparen la analgesia epidural con la analgesia natural.


      

© Editorial Olinyoli México,  2018