El bebé es un mamífero


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Cubierta: Ermengol


Esta nueva edición de «El Bebé es un Mamífero» representa una oportunidad para analizar la historia reciente del nacimiento. En otras palabras, una oportunidad para echar la vista atrás. Y debe ser así porque miramos al futuro. Esta reedición aparece ahora que no podemos dar un paso más allá sin asimilar la enorme cantidad de datos científicos acumulados durante los últimos veinte años. En primer lugar, debemos preguntarnos cómo, a cierto nivel cultural, podemos alcanzar una nueva consciencia; es por ello que me parece urgente intentar anticipar la historia del nacimiento y, así, entrar en el reino de la ficción.

Nos encontramos en la Tierra de la Utopía.

Hoy, en enero de 2031, estamos en disposición de presentar valiosas estadísticas relativas a un proceso de transición que comenzó alrededor de 2024. Son datos impresionantes. Los índices de mortalidad perinatal son igual de bajos en todos los países con un nivel de vida similar. Los índices de traslados a unidades pediátricas se han reducido de manera asombrosa. No ha habido ni un solo caso de parto con forceps durante cuatro años. Desde que la prioridad ha sido evitar los partos vaginales largos y complicados, la utilización de ventosas y medicación es muy rara. Y lo más importante: el índice de cesáreas es tres veces menor que antes del período de transición. El índice de lactancia materna a los seis meses está por encima del 90%, y un psiquiatra infantil ha confirmado que el autismo es menos habitual que antes. Ahora, el Hombre Sabio de la Tierra de la Utopía sí podría asegurar que en la Tierra de la Utopía, la mayoría de las mujeres dan a luz a sus bebés y alumbran sus placentas gracias a la liberación de un «cóctel de hormonas del amor».

Únicamente la Utopía puede salvar a la Humanidad.


ÍNDICE

Prólogo

Capítulo 1: Raíces profundas

Capítulo 2: Al alba de la era postelectrónica

Capítulo 3: El hospital del futuro

Capítulo 4: En otro planeta

Capítulo 5: El reflejo de eyección del feto

Capítulo 6: Los gatos

Capítulo 7: Lo antiguo y lo nuevo

Capítulo 8: Calostro y civilización

Capítulo 9: De Malawi a Holanda

Capítulo 10: Fotos y vídeos

Capítulo 11: La comadrona Freud

Capítulo 12: La hormona del amor

Capítulo 13: Lactancia y estructuras familiares

Capítulo 14: El tiempo de las canciones de cuna

Epílogo

Capítulo 1: Raíces profundas

He recibido, Señor, vuestro nuevo libro contra el género humano... Nadie puso jamás tanto empeño en tratarnos como bestias; leyendo vuestra obra, creedme, le vienen a uno ganas de ponerse a andar a cuatro patas (Voltaire, carta a Rousseau, 30 de agosto de 1755. «Respuesta al Discurso sobre la desigualdad).

Cien años antes de Darwin, Jean-Jacques Rousseau se atrevió a catalogar a la especie humana como una más dentro del reino animal. Voltaire y los intelectuales franceses se mostraron condescendientes frente a la incapacidad de Rousseau para comprender sus ideas.Más de cien años después de Darwin, Voltaire sigue vivo. Me lo encuentro en cada una de mis esporádicas y breves visitas a Francia, puesto que desde 1985 estoy casi siempre fuera del país. En Londres he ido adquiriendo una experiencia de nacimientos en casa que ha sido tan necesaria como fructífera. ¿Cómo hubiera podido comprender hasta qué punto influye el ambiente en el parto y en el primer contacto entre la madre y el bebé si no hubiera cambiado de escenario e incluso de lengua y cultura? Necesitaba completar lo que había aprendido en los hospitales franceses para llegar a ser consciente del auténtico potencial de la mujer que da a luz y poder discernir lo fundamental, lo universal, de lo que en realidad depende de las costumbres de cada lugar.Ahora puedo resumir veinticinco años de investigación de este modo: «Me he dado cuenta de que los seres humanos somos mamíferos. Todos los mamíferos se esconden o se aíslan para dar a luz. Necesitan intimidad. A los humanos les sucede lo mismo. Hay que tener constantemente presente esta necesidad de intimidad».En los países de habla inglesa, esta premisa se acepta sin problemas, incluso se considera de sentido común. En cambio, en Francia, la misma idea, aun expresada con cautela, provoca inmediatamente protestas llenas de consternación voltairiana: «...no somos ratones..., ...el habla nos diferencia..., ...tenemos la capacidad de utilizar símbolos..., ...creamos cultura..., tenemos conciencia de nuestra condición de criaturas mortales...».«Humans are mammals...» ¡Qué disparate!«Los seres humanos somos mamíferos...» ¡Vaya provocación!Muchos intelectuales franceses tienden a querer aprehender el fenómeno humano partiendo de lo que nos distingue del resto del mundo animal sin tener en cuenta nuestras raíces más profundas. Si no fuéramos tan arrogantes, seríamos capaces de tomar conciencia con más rapidez y facilidad. No olvidemos la elocuente lección de humildad que nos dio hace dos mil años Aquél que decidió nacer en un establo.Puesto que la ecología nos enseña que todas las formas de vida son interdependientes, y dado que el siglo xx se caracteriza por la toma de conciencia ecológica, es imperativo dejar de lado las reminiscencias voltairianas.«Voltaire: un mundo que termina. Rousseau: un mundo que comienza». Esta profecía de Goethe cobra todo su significado cuando nos cuestionamos el nacimiento del ser humano. Es precisamente aquí donde no sólo es necesario sino urgente redescubrir nuestras raíces animales. ¿Acaso el parto no es lo propio de los mamíferos? Existe desde que, hace millones de años, un pequeño animal se desarrolló en el vientre de su madre antes de llegar al mundo.Para dar a luz a sus bebés mediante el proceso del parto, las hembras de los mamíferos tienen que segregar determinadas hormonas, las mismas que intervienen en el parto de un ser humano; las segregan las estructuras más primitivas del cerebro, comunes a todos los mamíferos. Son estas semejanzas, pues, las que deberían constituir el punto de partida para intentar comprender el proceso del parto en nuestra especie.Y en cambio, no es así. Por ello han tenido tanta aceptación algunas posturas que demuestran una total incomprensión de los procesos fisiológicos. Los franceses son los responsables de los errores más importantes. Lamaze, por ejemplo, obstetra francés, padre de la psicoprofilaxis occidental, decía y escribía que una mujer tiene que aprender a dar a luz del mismo modo que aprende a hablar, a leer o a nadar. Estos planteamientos erróneos que se han ido extendiendo por todo el mundo nos han llevado finalmente a la crisis. Las ideas del obstetra americano Bradley todavía van más lejos: «Imaginad —escribía— que una mujer sepa con nueve meses de antelación que la arrojarán al agua. Es obvio que durante todo este tiempo va a aprender a nadar. La consecuencia de todo ello es que hemos «preparado» a las embarazadas para dar a luz».Comprender que el parto es un proceso involuntario que pone en juego estructuras arcaicas, primitivas, mamíferas del cerebro nos lleva a rechazar esta idea preconcebida según la cual la mujer puede aprender a dar a luz. No se puede ayudar a un proceso involuntario; sólo se puede procurar no perturbarlo demasiado.Pero ahora muchas mujeres en todo el mundo ya están intentando cambiar esta actitud «intelectual» tan extendida. En los países de habla inglesa, el cambio más significativo lo han protagonizado las ‘childbirth educators’, las educadoras del nacimiento. Estas mujeres, que no tienen ninguna titulación, después de haber dado a luz a sus propios hijos sienten la necesidad de compartir su experiencia como madres con otras mujeres y organizan encuentros, muchas veces en sus propias casas. Normalmente no se basan en ninguna teoría, aunque pueden referirse a alguna escuela si lo creen conveniente. Los planteamientos de muchas de ellas corresponderían actualmente más bien al concepto de educación que al de preparación o enseñanza. En una sociedad basada en la familia nuclear y el nacimiento en el hospital, las educadoras del nacimiento satisfacen las necesidades sociales de las embarazadas, su necesidad de encontrarse con otras embarazadas, madres y bebés. Estas mujeres cumplen la función de educadoras que tradicionalmente correspondía a las madres, tías o mujeres de la generación anterior y, de este modo, llenan ese vacío, propio de nuestra época, que separa a dos generaciones de madres. En Estados Unidos he conocido a mujeres militantes por un nacimiento diferente que también juegan, sin decirlo y a su manera, este papel de educadoras. Vale la pena explicar la historia de una de ellas.Cuando era una niña, vivía en la granja de sus padres en Dakota del Norte. Su padre le había encargado que se ocupara del nacimiento de los lechones y le había dado esta recomendación:«Procura que no te vean nunca. Debes pasar desapercibida. Si la hembra se sintiera observada, el parto sería más largo, más difícil y más peligroso, y después del nacimiento podría suceder que la mamá no se ocupara de sus cerditos, incluso se podría volver agresiva. No obstante, tienes que procurar saber siempre lo que sucede y al mismo tiempo ser invisible. Porque las hembras, después de haber dado a luz a ocho, diez o a veces más bebés en un parto, pueden desatender a uno de ellos o bien aplastarlo sin darse cuenta. Es sólo en este caso cuando hay que intervenir». La niña creció y tuvo a sus propios hijos. Se encontró en un hospital para humanos, tumbada sobre una mesa, rodeada de expertos que le decían que empujara o no empujara, que respirara de tal o cual forma. Al ver que estos profesionales no habían entendido nada del parto, se dio cuenta de la importancia de la lección que le había dado su padre. De modo que decidió organizar seminarios, talleres y conferencias para promover un cambio en las condiciones del nacimiento. Y a raíz de ello tuve la oportunidad de visitar Dakota del Norte.Estas educadoras, que no dependen de ningún profesional, han ido adquiriendo a lo largo de los años una gran capacidad crítica y creativa que todavía no ha salido a la luz pública. En los países con altos índices de cesáreas y con un nivel de malas prácticas obstétricas francamente grave, se está llegando ya a tal límite que, paradójicamente, es posible ahora plantear un cambio radical.En Francia casi no hay educadoras del nacimiento porque los títulos oficiales son los únicos autorizados para impartir una «preparación» pagada por la Seguridad Social. No hay educadoras prenatales porque la mentalidad predominante crea una distancia excesiva entre el ser humano y el mundo animal: dos manifestaciones del mismo problema que derivan a su vez de la incapacidad para plantear cuestiones simples. He tenido que alejarme de mi propio país para comprender a qué dificultades específicas se enfrenta. Las consignas que se dan en Francia a la hora de traducir y publicar libros de lengua inglesa nos hacen reflexionar. Por lo que respecta al nacimiento, a los bebés y a los niños, siempre se tiende a reforzar sutilmente lo específicamente humano y lo propio de nuestra sociedad. Empezando por el título, el subtítulo y la imagen de la portada, un ejemplo podría ser el libro de Bruno Bettelheim «A Good Enough Parent» [en castellano, «No hay padres perfectos», Ed. Crítica, 2003]. El título en francés —«Pour être des parents acceptables»— nos hace pensar inmediatamente en la pareja, en la familia nuclear y no en el concepto individual de «padre» que el autor quería destacar. El dibujo contribuye a presentar la familia nuclear como el único modelo posible. En inglés, el subtítulo aclara que el tema del libro es el estudio de los problemas importantes a los que todos nos tenemos que enfrentar en la educación de nuestros hijos. En cambio, en francés el subtítulo es «Psicoanálisis del juego». En Francia, la palabra ‘psicoanálisis’ es comercial porque es un método de estudio que sólo se puede aplicar al ser humano. Las diferencias sutiles que la traducción da a entender aparecen ya en las primeras líneas. El niño satisfecho de sí mismo se convierte, para el lector francés, en el niño que se siente digno de amor. El amor se considera un sentimiento humano. Para el lector inglés, el adulto alimenta al bebé. Para el lector francés, le da el biberón. Dar el biberón es más humano que alimentar. Recordemos también que el título del libro de Arthur Janov «The Feeling Child» se tradujo por «L’amour et l’enfant» [El Amor y el Niño] y que la ilustración de la portada era una mezcla de imágenes de diferentes aspectos de la vida de la familia nuclear.A principios de la década de 1980 quería escribir un libro sobre el nacimiento destinado al público americano. Ahora, me parece necesario dedicar este libro antes que nada al público francés. Pero... ¿por qué ahora?


© Editorial Olinyoli México,  2018