Y de pronto, desde el agua, unos rasgos de mujer lo miraron...


Fotos: Yunuén Carrillo Quiroz, 2014.


Escrito por Yunuén Carrillo Quiroz

Ultimamente me he sentido acuática. Y digo últimamente porque desde el solsticio de invierno, quizás desde unos días antes, no paro de sentir nostalgia del mar, del río grande, o de cualquier cuerpo de agua que me provoque sensación de inmensidad. No sé si llamar sed al hambre de agua viva, a esa necesidad de agua en la que podamos sumergirnos y nadar, olvidar, hacer silencio, volvernos gota en infinitud y renacer renovadas, recuperando nuestra piel y nuestro nombre, nuestra memoria y nuestra vida, con el regalo que no sé como nombrar de ese reinicio, de esa renovación que se siente cada vez que una se sumerge en agua cálida y sale de nuevo al aire, al sol, a volver a ocupar la vida que dejamos un momento, revuelta entre la ropa y los zapatos, a la orilla de ese deseo de apagarse la sed con agua viva en la piel.

Esta vez no pudimos visitar mas que en el recuerdo las playas cálidas del verano en Yucatán o en Oaxaca, pero subidos en el frío altiplano del centro de México el agua nos llamó y nos hizo encontrarla. Y nos enseñó muchas cosas. De eso contaré.

Un día antes del solsticio de invierno, o sea el 19 de diciembre, el día estuvo precioso y nos encontrábamos en uno de esos espacios matrices que nos habían visto crecer. El tiempo estaba tibio y la atmósfera clarísima, era uno de esos días que piden ser vividos afuera y ser mirados hasta lo mas lejos que puedan nuestros ojos. Jugábamos con nuestra perrita en el campo cuando alguien propuso "¿por qué no caminamos a la presa?", y como estábamos en ánimo de disfrutar de la vida, sólo dijimos "vamos!", y nos fuimos caminando entre la luz y el cielo azul por el kilómetro lleno de cactus y plantas en fase de vida interior, es decir, muy secas por afuera.

Cuando llegamos a la presa nuestra hija se puso feliz, y pidió que le quitáramos los zapatos y la ropa porque ella se quería meter a nadar. A campo abierto, en el semidesierto y a 2500 metros sobre el nivel del mar, el agua de la presa es, además de helada, siempre recorrida por vientos ligeros, que la hacen a uno sentir muy viva, con esa manera que el frío tiene a uno de recordarle que el cuerpo está aquí, que estamos en invierno y que hace mucho frío. Pero su sonrisa, el recuerdo de nuestros deseos de niños de haber querido meter los pies al agua en el momento en que a una le vinieran las ganas, sin importar el invierno ni el frío, ni la hora ni el viento, y la confianza en la fortaleza inmunológica de su leche materna, nos dejaron ser unos padres audaces -imprudentes, al decir de las abuelas.

El lugar donde le quitamos los zapatos y los pantaloncitos resultó ser un antiguo piso de pirámide. Por alguna razón quien construyó esa presa hacia 1850 eligió hacerlo sobre los vestigios de un pequeño centro ceremonial y habitacional prehispánico, y cada año en invierno, cuando la presa está en su nivel más bajo de agua, los escalones muy deteriorados y la que fue intensa vida del lugar resurge en forma de miles de tepalcates - trozos de alfarería que fue plato, tazón, cazuela...-, en trozos rotos de piedras labradas que fueron herramientas de vida y cocina, en cuentas de piedra que quedaron de algún collar, brazalete o pectoral, o también en puntas de flecha de obsidiana, casi siempre rotas de alguna parte. 

Uno de nuestros paseos cercanos que recorremos con mucha atención y cariño es caminar por la orilla del agua de la presa en invierno para mirar esa cicatriz de un antiguo lugar de vida que aún vibra con fuerza a través de todos esos trozos de utensilios, a pesar de que actualmente viva bajo el agua la mitad del año, a pesar de que ya nadie recuerde el sonido de su nombre.

Mientras mi hija caminaba asombrada de todo: los patos, las piedras, la sensación fangosa en sus pies, las piedritas aplanadas que su papá lanzaba para que rebotaran sobre el agua, Gabriel miraba con mirada experta de escaneador de pequeños restos arqueológicos los lugares por los que iba caminando al dar la mano a nuestra hijita. Y de pronto, sin poderlo creer, vio los rasgos de una "carita" de mujer bajo el agua. Al sacarla del agua y hacerla nacer su emoción fue intensa. Nunca antes había encontrado un rostro de mujer de barro ni bajo el agua, ni sobre la tierra, a pesar de contar ya muchos lustros de recorrer esa orilla, de mirar con atención sus pasos en busca de esas sílabas de barro, esos trozos de una cultura rota.

A mi ese "nacimiento" de un rostro de mujer de barro me produjo una intensa emoción, más cuando a modo de asistente de nacimiento la recibí en mis manos cuando el agua parecía una membrana gelatinosa sobre su superficie, palpitante de tiempo sumergido. Me conmovió el renacer de un rostro tan antiguo - el sitio esta catalogado como asentamiento perteneciente a la cultura teotihuacana -, su fragilidad, lo suave de los rasgos cubiertos de agua, y la rápida transformación que vi suceder ante mis ojos.

Con la cámara como testigo de la pieza que cambió de húmedo bebé a una viejecita de 2000 años en cuestión de minutos, hice estas fotografías.

Después me puse a pensar en este descubrimiento de la carita de la mujer de barro, y reflexioné mucho sobre ello, como si hubiera un mensaje, un símbolo en este encuentro.

En muchos paseos de años anteriores por estas orillas y campos habíamos encontrado muchísimos restos de cazuelas, platos, puntas de flecha de obsidiana para cacería o guerra, pero justo ahora..., justamente en este tiempo, Gabriel encontraba el rostro de una mujer. Un retrato en tecnología de barro. Quizás se tratara de un rostro hecho en serie del último periodo de apogeo de Teotihuacan, cuando muchas piezas de alfarería se hicieron ya con moldes y perdieron el refinamiento y cuidado de las piezas únicas, hechas totalmente individuales.

Seguramente no es el rostro de una diosa principal, ni de una sacerdotisa importante, pero se trata sin duda de una representación de rostro de mujer.

Así como en otro tiempo y en otro proyecto encontramos siempre ingredientes, sabores y alimentos hasta debajo de las piedras en estos paseos en los que nos damos el capricho de sentirnos un poquito arqueólogos, con esta emoción de la "carita" de mujer me tomo la libertad de interpretar como señal de aprobación del universo, el nuevo camino que estamos emprendiendo con Olinyoli.

Si la sabiduría y la voz de las mujeres emergerá como este rostro de barro, como antes los ingredientes nos fueron apareciendo como personajes poderosos y de un carácter incapaz de ser borrado a pesar de su historia gastronómica enterrada, ponemos nuestro trabajo, nuestra voz y nuestro ingenio para que las voces que tengan que ser cantadas nuevamente encuentren manos cariñosas que las hagan nacer, y oídos y ojos atentos a la maravilla del misterioso conocimiento de su mensaje.


© Editorial Olinyoli México,  2018