Un libro como lugar de retiro


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Fotos del Ex Convento de San Andrés Apostol, Epazoyucan, Hidalgo, México  Fotos: Yunuén Carrillo & Gabriel Cortés, 2009


Escrito por Yunuén Carrillo Quiroz

Con frecuencia al parar en los monasterios e iglesias de las órdenes activas durante la época colonial de México y observar la hermosura de la luz de la mañana a través de la antigua ventana de una celda, o preguntar al paisaje intemporal por qué ahora nos parecen tan indescifrables los sentimientos de aquellos hombres que dejaron su universo conocido para profesar como misioneros en los parajes pétreos y espinosos donde se alzan aún hoy en día los monasterios fortificados, una siente en algún momento, por muy arrobada que esté en la belleza o en la reflexión, la tentación de caer en el pecado contemporáneo de tomar el teléfono con el pretexto de tomar una foto de esa ventana, ese paisaje, y comprobar así de reojo si las barras de la señal de internet son varias o acaso por fortuna algún café tuviera abierta su señal wifi para checar nuestro estado, aunque una se hubiera prometido a sí misma hacer un paseo libre de tecnología. 

Claro que una se excusara consigo misma al pensar en alguna querida amiga que no pudo venir al paseo, y a la que tanta alegría le dará recibir la foto de esa hermosa luz de mañana. O que el paisaje en verdad valía la pena ser compartido, y entonces una sentirá que el pecado no fue tan grande, y que de verdad se permitió hacer el recorrido de modo consciente, calmado y reflexivo que una se había prometido como oasis y medicina para descansar el corazón y la mente por unas horas. Y que sólo conectó con el mundo en ese pequeño gesto de enviar la foto y una mencioncita acerca de nuestro estado en alguna de las redes sociales, y bueno, sin querer vimos los cinco correos nuevos, y las tres llamadas perdidas de no sé quien. Pero ¿qué es eso en estos tiempos?, apenas una nada si comparamos con todas las veces que conectamos en una mañana de trabajo normal.


Afortunadamente lo anterior sólo pasa en los monasterios que quedaron en medio de zonas urbanas rodeadas de todo tipo de antenas y conexiones, y aún así dentro de ellos, como en los que quedaron hasta hoy en día al pie de los antiguos caminos de tierra adentro, lejos de antenas y poderosos ante cualquier intento de profanación de algún potente emisor wifi, se mantiene el sabor del silencio contenido en años de piedra, el remanso de tiempo y el cobijo espeso de sus anchos muros que a lo mejor a algún espíritu sensible le logren murmurar de inmediato una sugerencia de salud ya lavada de fe, religión y del nombre de tal o cual orden: retírate, apartate temporalmente del mundo. De amar los espacios de retiro, buscar la oportunidad de retiro del mundo para calmar nuestra mente, emociones y escuchar profundamente lo que pasa en nuestro interior.



Mis padres me l
levaron a visitar estos lugares de niña, no con el propósito de mostrarme espacios de retiro, sino por afición histórica a conocer los primeros monasterios que fueron construidos durante la conquista de México. En este país existen cientos de monasterios de este tipo, y con mucha frecuencia en cualquier viaje de los que hacíamos aparecía a lo lejos la silueta de una fortificación religiosa hacia la que mi padre enfilaba el auto para disfrutar de unas horas de baños de silencio y de pensar en este particular país en el que nos había tocado nacer. Viendo los mil detalles que se pueden encontrar en estas construcciones no me di cuenta de que tan aficionada me hice a los muros espesos, a los patios interiores y a la necesidad de tener un espacio/momento de celda, de retiro del mundo para dejar de oír tanto afuera y escuchar el sonido apenas perceptible de mi arroyo interior.


Amar los lugares y momento
s de retiro no fue un viaje sencillo ni cómodo. Hace algunos años la vida me regaló la posibilidad de vivir temporadas con cierta frecuencia en un auténtico antiguo monasterio, mi celda tendría el tamaño de un pequeño apartamento europeo, o sea que no era un lugar de restricción de espacio sino de restricción de estímulos exteriores. El lugar está construido en una aún más antigua zona estratégica indígena lo cual lo hace de muy difícil acceso a las señales de televisión, telefonía celular e internet. Los abuelos indígenas y los monjes de espesos muros hicieron un regalo conjunto en este espacio: el perfecto lugar de retiro, blindado y escondido, a prueba de necesidades urgentes, correos inmediatos, aficiones a series televisivas y ansiedades contemporáneas. Y el lugar perfecto para leer, pensar, escribir, dibujar, pintar, coser a mano -olvidé decir que no había luz eléctrica pues su estratégica y oculta ubicación lo hacía también de muy difícil acceso a la red de suministro eléctrico-, tejer y cocinar, entre otras cosas de lenta y pacífica arte.

Antes de que lograra apreciar este fabuloso espacio como lugar de escucha interior me enoje muchísimas veces contra sus muros de piedra de un metro o mas de ancho y su inigualable localización que vencía siempre al más sofisticado receptor de internet o a la más novedosa antena emisora de señal. Subí lomas, caminé caminos de piedra y me colgué de las ventanas donde bailoteaba unas débil barrita de señal porque en ese entonces no me quería retirar, mis lazos con el mundo necesitaban conectarse, y no hacerlo me producía la angustia de algo definitivo y perdido para siempre. La noche, "la lejanía", el viento, los cielos con nubes y las montañas del horizonte fueron los grandes enemigos que ocultaban la señal y me impedían conectar fácilmente con mis asuntos tan importantes. Nunca me di cuenta que a la noche seguía el día con sus momentos de conexión, que tras el viento más fuerte venían los días más soleados y sin nubes de muy buena señal y que tras estar lejos luego venían otros días de estar cerca, del otro lado de las montañas, en plena conexión, ocupación y preocupación con mis tan importantes asuntos, que curiosamente también se volvieron relativamente importantes con el paso del tiempo.

Fueron años de un aprendizaje diferente, sin plan de estudio ni objetivos a alcanzar a corto plazo. Lentamente el mensaje de los muros hechos con el propósito de dejar oír el sonido interior fue siendo escuchado por algún lugar poco intoxicado de mi cerebro. Me hubiera gustado tener un maestro o maestra en estas artes que me dijera con una sonrisa cómplice en los momentos más difíciles "esto es parte del entrenamiento" como antiguamente lo hiciera algún entrenador. En verdad que un guía encarnado hubieran sido muy de mi gusto, pues nunca me di cuenta que generaciones de maestros estuvieron junto de mi en las obras silenciosas de su arquitectura, de sus lugares elegidos por razones perdidas en el tiempo, en la elección de los materiales de construcción que escogieron para que aún hoy, siglos después de su vida física sigan ofreciendo en pie los lugares construidos, entre otras cosas, para escuchar la voz interior.


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En un discurso de Iván Illich se refiere a las charlas con dos de sus maestros muy queridos por él como los momentos en que los gigantes le permitían subir en sus hombros para mirar mucho más lejos de lo que él por sus propios medios lo hubiera logrado. Así cómo los maestros de los espacios silenciosos tuvieron a la discípula más improbable en mi, que quizás aprendió más por la fuerza de andar tantas veces y durante tantos años por las lecciones tan claras de sus patios de luz lo que algún espíritu sensible hubiera aprendido en muy poco tiempo, los libros pueden ser los compañeros maestros, los gigantes que necesitamos para pasar subidas en sus hombros por momentos difíciles, que no entendemos, o que francamente sufrimos.

Con sus portadas impasibles, aparentemente rígidos e inanimados en sus estantes, no nos parecen tan atractivos como la mirada de la amiga que extrañamos a nuestro lado, o del tío que nos confortaba tanto con sus pláticas o consejos. Y mientras que emprendemos verdaderas cacerías en busca del amigo, amiga o pareja que nos comprenda de verdad, y nos enfurecemos contra las palabras que nos ofrecen en nuestros círculos cercanos por parecernos inadecuadas o insuficientes, pasamos junto de las palabras justas sin darnos cuenta que hubo quienes sintieron enorme empatía con nosotros, se tomaron el trabajo de buscar información, ordenarla, escribirla y editarla del mejor modo que pudieron, escucharon a muchas personas que se encontraban en situación similar a la nuestra y pensaron en calma y conocimiento algunas estrategias útiles para  solucionar estados dolorosos similares al nuestro.

Además de ser las palabras justas para nuestros estados más difíciles, un libro puede ser el compañero perfecto de retiro, que hable sólo cuando nos sentimos receptivos a escuchar y calle cuando necesitamos volver a concentrarnos en nuestro sentir. 

Incluso el libro mismo puede ser el lugar de retiro donde recuperar la inspiración que sentimos perder en el cansancio de los primeros meses de crianza sin dejar al bebe que duerme en nuestro regazo, sin interrumpir el viaje en el que estamos o la celda de monasterio portátil que podemos llevar en el bolso a una reunión de familia en la que como puerperas no nos sintamos capaces de sobrevivir las largas horas que estas duren. Las palabras que los maestros, amigos o pares escriben en los libros pueden ser las riberas de sacos de arena que se agregan a los ríos cuando las aguas amenazan con desbordarse por una crecida repentina de agua, en este caso llovida desde nuestro interior.

Además siendo recursos tan privados o íntimos como necesitemos podemos forrarlos con un papel blanco, de perritos o muñecos de Navidad y dejarlos que murmuren sus profundas verdades en nuestros oídos mientras esperamos en la fila del súper, en el escritorio de la ejecutiva del banco o en el viaje del metro, permitiéndonos no agradar a nadie que nos pregunte "¿y está bueno tu libro?, y ¿de qué se trata?", sino sólo decir amablemente una respuesta previamente pensada: "es un libro de ginecología natural" o "¿no te había dicho que estaba leyendo poesía del barroco?", respuestas que funcionan siempre sin tener que dar mayor explicación.

Creo que también pueden ser compañeros óptimos en los momentos de duelo que piden buscar nuevas referencias con las que podamos encarar los momentos en que la vida va especialmente cuesta arriba.


Retirarse es ponerse fuera del alcance del mundo para escuchar el sonido interior. 


Sólo tu sabes cuanto tiempo, que tan radical o concurrido permites tu retiro, y que tanto necesitas escuchar en ti misma. Retirarte no es aislarte de modo psicológicamente enfermo, es darte la oportunidad de escucharte profundamente. No es lo mismo estar deprimida que estar retirada por una temporada. En otros tiempos er
a normal vivir permanentemente en presencia de espacios y momentos de retiro, y se valoraba como parte del cultivo de una espiritualidad religiosa; hoy de holgazana -lease huevona-, excéntrica y rara es posible que no te bajen si de tiempo en tiempo - o frecuentemente- pides un tiempo para cultivar tus necesidades interiores, pero no dejes que las voces con las que las mujeres fueron sujetadas para no escucharse desde hace siglos te sigan atando. 

Los retiros, como los libros, como la visita a un lugar precioso, como un atardecer en la playa, no duran para siempre. Son sólo momentos donde conectamos con el tenue sonido del arroyo de nuestro interior y aprendemos cosas que nunca imaginamos de nosotras mismas. También ocurre que entendamos situaciones importantes de modo espontáneo, o a veces necesitemos retiros muy largos en los que vamos entendiendo por etapas situaciones muy complejas. Sean como sean podemos regresar al mundo, a la vida concurrida y llena de voces, transformadas y crecidas, tras haber hecho una buena digestión de un pedacito de vida especialmente arduo.


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Foto tomada en uno de los muros de la nave principal del Ex Convento de San Andrés Apostol


Las notificaciones del teléfono, la realidad de que ahora casi siempre podemos estar conectadas al mundo a través de las redes sociales, skype, hangouts, mensajes -cuantas veces en una llamada de skype tenemos las notificaciones del correo y Facebook avisándonos sobre la urgente necesidad de nuestra presencia en otro servicio de comunicación - si bien nos permiten estar enlazadas a personas con interés similares a los nuestros de todas partes del mundo, nos roban muy fácilmente la conciencia de lo que estamos viviendo. En el caso de un retiro personal no pagado, sino decidido por nuestra propia voluntad, es fácil no verlo como un momento excepcionalmente valioso, y dejarlo abierto a ser boicoteado por las notificaciones que nos hacen saber qué tan importantes somos para el resto del mundo. Creo que uno de las maneras con las que una puede empezar a ayudarse profundamente a sí misma es escuchándose con total atención, cariño y sin interrupciones innecesarias, como si una fuera en verdad la persona importante que quisiéramos ser, y que ya somos solo que sin tratarnos como tal.  

Pronto nuestro bebé volverá a tener hambre o nos mostrará con sonrisa de hazaña que ya sabe subir y bajar sin ayuda los escalones que bajan al jardín, y requerirá que regresemos a este mundo y concluyamos con generosidad nuestros minutos interiores para hacerle el regalo de nuestra total atención. O pronto volverá la noche con sus preguntas y nos encontraremos con que desperdiciamos las oportunidades de encontrar las palabras con las cuales hubiéramos podido sostenernos en los momento que nos sentíamos caer.


© Olinyoli Distribución Cultural, México, Ciudad de México, 2017