Ofrenda de Día de Muertos para los bebés que murieron sin alcanzar a nacer vivos


Altar familiar de Día de Muertos, Hidalgo, México                                         Foto: Gabriel Cortés, 2005


Escrito por Yunuén Carrillo Quiroz

Los preparativos para recordar con lujo de colores, sabores y aromas a los que ya se fueron se sienten con fuerza tanto en el campo como en las ciudades de México. 

Hace mucho elegí tener una vida en la que se viajara mucho, de modo cotidiano y frecuente  por el interior de este país que me intriga, me encanta y no lo entiendo tantas veces. A pesar de que nací en México, pensar en las situaciones a las que me toca asistir, lo que veo a veces en tan solo un segundo al pasar por la orilla de una calle y los eventos grandes que convocan a sus tantas fuerzas, como los días especiales de plaza o las fiestas, me es necesario para tener cierta tranquilidad de vida, en un país en el que tantas culturas y modos de ver la vida corren paralelos, a veces mezclados, a veces separados, y en el que es tan fácil no entender todos los planos que se juntan para dar lugar a esa sensación fugaz que llamamos nuestro modo de ser y sentir.

Hace una semana una viejita muy mayor, quizás de mas de 90 años, caminaba muy orgullosa con una brazada enorme de flores hacia el panteón de su pueblo. La seguían dos de sus hijos con la expresión solemne de quien va a cumplir con un trabajo tan importante que raya con lo sagrado, iban con las herramientas para componer las tumbas -pala, pico, azadón, etc.- y dejar muy lindas las últimas moradas de los familiares a los que se les dedicaría el trabajo, las flores y los preparativos como modo de honrar su recuerdo y “hacerles ver” que no se les había olvidado, que seguían presentes y por eso vivos de alguna manera.


Entonces recordé un tramo de carretera de una zona cercana donde cada año la gente cultiva las flores que tradicionalmente deben ir en la ofrenda de día de muertos. Con meses de anticipación los agricultores seleccionan qué tipo de flor producirán. A mi siempre me ha parecido divertido pasar por ahí cuando las flores están creciendo y ver las distintas formas de ofrecer las flores. Algunas familias producen pocas hileras pero de muchas variedades, mientras que otras producen enormes campos de una sola variedad de flor. Es común que uno vaya decidiendo en qué campo parará a comprar sus flores para su ofrenda en los días previos a la hechura de los altares, según lo bonito o llamativo de alguna parcela a la que se le haya echado el ojo.

Pero este año me ha acompañado una pregunta diferente tras la lectura de uno de los libros que tenía pendiente de leer Las Voces Olvidadas. Es conocido en todo el mundo que el 1 de noviembre se honra a los "muertos chiquitos”, los muertos niños, los difuntitos, o los angelitos como se les nombra familiarmente con cariño y que se les prepara mucha comida al gusto de los niños: arroz con leche, tamalitos dulces, e infinidad de postres y guisos que varían según las regiones de México y del mundo. A una de las mujeres mayores con la que convivo mucho le pregunté, ¿qué se pone en la ofrenda de los niños para los bebés que murieron sin alcanzar a nacer vivos?

Ella abrió mucho los ojos y se tomó unos momentos para responder a mi pregunta, entonces me dijo “Nada, no se pone nada. Que yo sepa no se les pone nada en la ofrenda.” Pero le insistí: “Por favor, acuérdate de cuando tu mamá -hace muchas décadas, por allá de los años 40 - trabajaba haciendo ropita para los niños que morían chiquitos, y que los vestían para que fueran arregladitos a su tumba.” “Sí claro que me acuerdo, si yo le ayudaba a ella a hacer las coronitas…” “Bueno, ¿no te acuerdas si aparte de que se les pusiera algo en la ofrenda a los bebés muertos antes de nacer, se les ponía alguna ropita o sabanita o algo especial que les hiciera tu mamá?”

Con ojos muy grandes me miró y me dijo que no se les hacía ropa especial, y que su mamá no hacía ropa ni nada para bebés muertos en el vientre, o como me dijo ella de modo directo, para abortos. Solo para bebés nacidos que morían bautizados, y que por eso podían sepultarse vestidos con la vestimenta del santo elegido por la madre. Me dijo que de hecho nadie hablaba de ellos, los abortados, ni se le mencionaba nada a la madre, ni mucho menos se le hacían preguntas sobre cómo se sentía, si estaba triste, si le dolía algo. Yo le pregunté que por qué, y ella con ojos de hacer memoria me dijo que porque los abortos no habían llegado a ser bautizados y por eso no iban al cielo, y que si alguien abortaba era porque había hecho algo mal, había cometido una falla, y que eso se volvía un dolor tan grande del que no se quería hablar y por eso nadie debía preguntar nada. 

Pecado + castigo= aborto; así que quien lo sufre mejor que lo oculte para no sufrir además el ostracismo social al que era sometido el pecador. Hoy en día hablar de pecado no está de moda, pero la base de este patrón de pensamiento culpabilizador sigue presente en el modo de dirigirse a la madre.


Las Voces Olvidadas. Pérdidas gestacionales tempranas

Capítulo 1 Es especial por el tiempo que le dedicaste


Como yo soy una obstinada preguntona insistí, pero si les querían y por eso les dolía tanto que se hubieran muerto, ¿por qué no se les hacía un recuerdo, o un ritual como una misa, o por lo menos una ropita que les arropara en su viaje?, aunque no fueran a ir al cielo, simplemente porque se les había querido tanto. Ella se encogió de hombros y me dijo que no sabía por qué pero que no se hacía nada.

Con la enorme tradición herbolaria de las zonas rurales de México respaldando una pregunta más le dije, "oye, y para la leche ¿qué les daban a tomar a las mujeres?". Ella me miró con sorpresa y me preguntó "¿cuando el bebé se muere hay leche?" Yo le dije, "pues claro que sí en muchos casos se produce toda la leche como si el bebé hubiera nacido". Ella me dijo “qué no te digo que de eso no se hablaba”. Y le pedí si podía investigar con alguna de sus amigas del pueblo si recordaban si había alguna hierba que se les diera a las mujeres con los pechos llenos de leche, pero sin bebé a quien dársela, para ayudarles con el dolor de los pechos y la pena del alma. O quizás incluso estuviera en uso un té que actualmente se de a las madres que sufren una pérdida en el campo.

Si investigó sobre estas plantas el siguiente post lo haré sobre los tés para ese momento y circunstancias tan especiales, pero no lo prometo, pues como me dijo, "¿y cómo voy a preguntar eso, si es de lo que no se habla?" Pero empezó a pensar quién podría saber sobre esas hierbas. Ojalá encuentre alguien que quiera contar.

En voz alta se dice que pasado un tiempo no hay que seguir nombrando a quienes se han muerto para dejarlos descansar. Muchas personas de todas edades creen que hablar del difunto o difunta hace que su descanso sea intranquilo, y se guarda un silencio respetuoso y denso sobre los familiares de quien ha muerto. Yo creo que por eso en estas semanas previas a los días de muertos emerge una fuerza tan especial del interior de las personas que recuerdan la vida de alguien, porque son las únicas semanas del año donde es lícito hablar en voz alta del recuerdo de las personas que amaron y murieron.

Lo que se pondrá en el altar de muertos se elige con cuidado y amor como si esos objetos que nos recuerdan a los ausentes fueran un vínculo mágico entre ellos y nosotros. El vínculo mágico de una comunicación no rota entre quienes nos quedamos vivos y los que ya se fueron, los que se adelantaron. Los ausentes vuelven a estar con nosotros por unas semanas o días, los cuidamos con comida, se les cumplen sus caprichos, se trata de alegrar su visita con flores de colores y velas encendidas, se les ponen sus herramientas o utensilios favoritos, o algunas veces un accesorio que fuera muy característico de ellos y en muchas familias se siente el descanso, la tregua de una pena que pesa y duele en silencio el resto del año. La energía de los dolientes es otra, hacen su trabajo casi con alegría y es muy notorio la vuelta a la pena, a la tristeza que pesa, una vez pasados los días de muertos.

Muchas veces las tradiciones son vistas solo desde su lado bello, espectacular en el caso de la ofrenda de día de muertos mexicana. Pero nada es bello al cien por ciento, y la tradición del silencio ante el dolor, rota por unos días de permiso de continuar el vínculo, creo que no es ciertamente muy saludable para todas las personas.

Muchas mujeres que ahora ya no tienen 10 ó 12 hijos en su vida, y esperaban con gran ilusión al bebé que crecía en su vientre, al perderlo, pasan por otro tipo de duelo, muy diferente del que experimentaron sus abuelas. Los comentarios que llegan desde el manejo tradicional del dolor, en estricto silencio, no son óptimos para aquellas que ven su vida tan rota como si ese bebé se tratara de una persona que hubiera fallecido tras muchos años de convivencia. El libro Las Voces Olvidadas está escrito por un equipo de autoras con muchos años de experiencia en el manejo del duelo por perdidas de bebés de pocas semanas de gestación, creo que su forma de estar escrito es muy clara, cercana y actual, y para algunas mujeres que no se ven confortadas en las recomendaciones bienintencionadas de familiares, amigas y vecinas, de distraerse, olvidarse, no hablar de ello, podrían encontrar un refugio en su lectura.

Hacerse cargo del dolor propio parece una locura cuando una persona necesita tanto consuelo como en los días que siguen a una perdida, pero cuando pasa el tiempo y eso sigue doliendo tanto quizás sea el tiempo de emprender una búsqueda que nos lleve a transitar por el dolor de modo sano, sin heredar al futuro los dolores enterrados.

Los ingredientes y componentes tan complejos -barrocos, dirían algunos- de la ofrenda de día de muertos, permiten agregar otro tipo de cosas sin tener la mirada de toda la familia puesta sobre una mujer con un bebé ausente. Son momentos en los que cada quien coloca los objetos que le darán un mejor sitio en el diálogo con quien ya no está y por lo mismo hay una cierta concentración en los sentimientos propios respecto de sus difuntos especiales. Por lo general las abuelas tratan con mayor cuidado a ciertos familiares que recuerdan con más cariño, y así cada quien cuida el recuerdo de sus muertos mas importanes. Creo que es también posible innovar haciendo un pequeño altar privado donde la mujer pueda colocar los objetos que simbolizan a ese bebé, y los objetos que simbolizan ese amor que no podrá expresarse en abrazos, cuidados y besos, pero que está ahí, vivo y doliendo tanto. Quizás ese altar pueda dejarse por más tiempo que el que manda la costumbre de las ofrendas; quizás pueda dejarse por el tiempo necesario para la madre, en un lugar privado, abrigado de las miradas curiosas y de las preguntas hechas sin tacto ni cariño, donde el lazo de amor con el bebé pueda existir fuera de la madre, como modo de honrar la existencia de una relación invisible para casi todo el mundo pero absolutamente real e importante para la mamá.

Los altares de muertos con su efecto balsámico de comunicación pudieran ser actualizados a las necesidades muy privadas y actuales de las mujeres que han perdido un bebé. Démonos permiso de hacer íntimamente nuestra la bellísima tradición de día de muertos e invitar a todos los que fueron importantes en nuestras vidas, no importa si estuvieron muy pocos días vivos entre nosotros. No importa si no alcanzaron a tener nombre, no importa si no conocimos su rostro, pues el dolor de su ausencia es la medida del amor que provocaron y que les seguimos teniendo.


¿Tu crees que es posible adecuar las tradiciones a los sentimientos de duelo actuales?





© Editorial Olinyoli México,  2018