No es fácil ser paraíso


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Chichihuacuauhco, representación del árbol nodriza.


He pasado varios días jugando con mi hija en una pequeña huerta. Bajo la sombra de un durazno cargado de frutos verdes hemos puesto un tronco que nos sirve de mesita de juegos. Durante los momentos en que ella juega absorta, me he puesto a observar los frutos aún no maduros de los ciruelos, las manzanas, los duraznos y el follaje tan tupido y vibrante de los árboles bien comidos de lluvia.

Nunca había pasado muchas horas en ésta época del año en una huerta y me ha parecido muy hermoso contemplar las ramas con sus frutas meciéndose en el aire y en el sol.

En algún momento de tranquilidad y belleza me encontré un poco tensa y preocupada porque mi hijita no aceptaba quedarse a jugar con nadie más que conmigo y yo tenía una lista larga de cosas pendientes por hacer. Pero no había modo de ganar, así que acomodé mi silla, una de esas plegables de playa, la recosté, respiré y me puse a mirar la rama del durazno que se balanceaba feliz sobre de mí, y me pregunté: ¿por qué yo no puedo ser como esa rama, y sólo ser rama feliz cargada de duraznos, feliz de sostenerlos, feliz de nutrirlos, feliz de estar ahí, solo ahí, en la tierra y en el sol, con ellos?, y en cambio me preocupa hacer un inventario, contestar unos correos, desarrollar unos planes e idear una manera telepática para hacer que unas cervezas lleguen desde la tienda hasta mi refrigerador.

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La vida vibrante de las plantas creciendo y nutriendo a sus frutos me rodeaba de los pies a la cabeza, desde las hierbas con sus diminutas bayas, las plantas de flores, las enredaderas y los árboles que de vez en cuando me rozaban la cabeza. Mi hija jugaba a las acuarelas entre la hierba y de pronto, de tanta vida, belleza y calma, sentí que ahí era el paraíso.

No el de las iglesias, sino el de la tierra. Fue un momento de esos en los que una ve y entiende una profundidad natural en la que una misma está tejida. Vi esa pequeña huerta cuidada con amor, suspendida en la ladera de un cerro que mira a una peña de piedras muy desértica, y pensé en los nutrientes del suelo: el estiércol y la composta con el que se había enriquecido la tierra de la que sería esa pequeña huerta hace algunos años, los cuidados muy manuales hacia las plantas: nada de plaguicidas, ni matahierbas, sólo el trabajo mínimo necesario. Unas cuantas hierbas arrancadas a mano o, cuando se necesitaba para hacer habitable un rincón de la huerta, un corte de pasto con tijeras. 

La selección de las variedades criollas de las plantas, las naturalmente adapatadas al clima en el que iban a vivir para que no necesitaran sostenes químicos para sobrevivir. La lluvia y el agua de manantial con el que están regados los árboles. Y hasta los inviernos tan duros que pasan, todo eso tan necesario para la vibración tan fuerte de vida que cantaba alrededor de mí.

Luego pensé en mí, en que de alguna manera yo también era como la rama de un durazno con mi hija-durazno aún unida a mí, confiada, nutrida, frágil y feliz de estar como en una hamaca, oscilando entre la noche y el día, nutriéndose del tiempo necesario para madurar, y pensé con cierta especie de envidia de la felicidad de la vida vegetal, en que para mí no era fácil ser paraíso.

El paraíso no se quiere ir, sólo está. Y yo a veces, muchas veces, quiero, necesito dejar de ser paraíso para leer, para escribir, para trabajar, para dormir, para sentir que recupero un poco de savia con la cual nutrir. Y pensé en el suelo que me sostiene, con sus capas nutricias tan buenas, y con sus capas de aridez tan agresivas, en la lluvia que me ha regado, y en el agua mala que me ha contaminado, en el aire puro que he respirado y en todos los humos por los que he pasado. En las personas que me han nutrido y en las que me han quitado. Y entonces he entendido que me cuesta tanto a veces ser paraíso, porque no es fácil ser paraíso.

El paraíso de la tierra es vida en equilibrio perfecto: es buen suelo, buena vida microscópica en las raíces, es planta adecuada a ese suelo que sostiene, es aire puro, es agua necesaria y limpia, es sólo el trabajo humano necesario por tipo de planta. Es buena muerte vegetal dejada ahí, a convertirse lentamente en el nutritivo humus que permitirá que una vez más la vida surja, se enraize, y viva.

Para el tipo de planta humana que soy, ¿qué suelo tuve? - qué tipo de generaciones e historias pasadas me sostienen-, ¿qué tipo de vida microscópica tiene mi suelo? - qué tipo de ideas, tradiciones, inquietudes siguen germinando, andando con sus patitas desde el pasado por las raíces que me sostienen y se hunden buscando alimento-, ¿soy una planta adecuada al tipo de vida que llevo?, ¿mi aire y mi agua, mi mente y mi espíritu están nutridos por experiencias bellas, reales y de calidad, así como por lo hecho por otras personas que busquen el éxtasis o por lo menos la excelencia, aunque no lo logren, en sus creaciones?, y ¿he tenido sólo la mínima intervención humana en los momentos precisos en los que era necesaria ayudandome a desplegar la potencia de la variedad de planta humana que soy? ¿Las muertes que me han precedido han sido buenas y fértiles muertes o muertes terribles que se esconden y pueblan mis sueños de pesadillas y mis noches de insomnios?

Volteo a ver a mi hija y vuelvo a contemplar la rama del durazno, y siento ese momento que es como una burbuja de jabón: tan real y concreto, y absolutamente efímero. Contemplo el paraíso de esa tarde en la huerta con los duraznos, siento unas ganas enormes de ser yo misma paraíso y sé que trataré todo lo que pueda de ejecutar mi mejor interpretación de una buena vida, y de antemano me perdono por todas la veces en las que fallaré, y me alejaré radicalmente de la belleza, como ahora en que me siento tan acalorada y me levanto de mi silla en la huerta para ir -¡Por fin!- por una cerveza que llegó bien fría hasta mi puerta.

Agradezco a la rama del durazno por su lección tan dulce, y por sugerirme con tanta fuerza la imagen del paraíso prehispánico al que iban los niños pequeños que morían: Chichihuacuauhco, la del árbol cuyos frutos eran pechos de mujer cargados de leche que manaba sin fin, y en la que cada niño prendido de su pecho era cuidado por la pareja de dioses creadores, y quedaba eternamente alimentado en el placer de la unidad.

Por lo menos eso sí lo puedo hacer, dejarme ser generoso árbol de leche, sin más limite de tiempo que el de ella que crece.


¿Para ti es fácil ser paraíso?


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